Hay un momento muy concreto en el que el vino deja de ser “rico” o “no me gusta” y empieza a contar una historia. Suele ocurrir cuando, por primera vez, alguien te pide que lo huelas de verdad, y te das cuenta de que tu nariz sí sabe -solo que nunca le habías dado el turno de palabra. Si estás empezando, una experiencia sensorial bien planteada no va de acertar la variedad ni de memorizar descriptores raros. Va de entrenar atención, aprender un método simple y disfrutar.

Este artículo es un ejemplo de experiencia sensorial con vino para principiantes que puedes hacer en casa o en una visita a bodega. Está pensado para que funcione con vinos reales, con tus palabras, y con ese “it depends” que siempre existe: el vino cambia con la copa, la temperatura, la comida y hasta tu estado de ánimo.

Ejemplo de experiencia sensorial con vino para principiantes (45-60 min)

Imagina esta escena: sois dos o cuatro personas, una mesa despejada, algo de pan neutro, agua y tres vinos. La regla es sencilla: nadie se ríe de lo que otro huela o diga. Si alguien huele “melocotón” y tú hueles “jabón”, los dos podéis tener razón, porque el olfato trabaja por asociaciones.

El objetivo de este ejercicio no es “evaluar” un vino como si fueras jurado, sino construir un mapa sensorial: vista, nariz, boca y memoria. Si al final eres capaz de explicar por qué uno te apetece para una cena y otro para una tarde larga, ya has ganado.

Preparación: lo mínimo que marca la diferencia

Sirve poca cantidad: un dedo o dos. Así puedes agitar sin miedo y repetir. Usa copas de vino si tienes; si no, un vaso de cristal fino ayuda más que un vaso grueso. Evita velas perfumadas, incienso o ambientadores -en una cata sensorial son como poner música alta para intentar hablar.

Ten a mano agua y pan. El pan no “limpia” mágicamente el paladar, pero te devuelve a un punto neutro cuando vienes de comida, café o menta. Y un detalle práctico: si algún vino está muy frío, se va a mostrar tímido. Si está muy caliente, el alcohol se impone y parece más pesado.

Elige tus 3 vinos (sin complicarte)

Para principiantes funcionan muy bien tres perfiles contrastados. Si puedes elegir, busca: un blanco joven y fresco, un tinto joven con poca madera o sin madera, y un tinto con crianza. No hace falta que sean caros. Sí conviene que estén en buen estado y que te apetezca beberlos después.

Aquí hay un matiz: comparar es más pedagógico que catar “uno suelto”. Con tres estilos diferentes, tu cerebro entiende antes conceptos como acidez, tanino y cuerpo.

Paso 1: la vista como primera pista

Pon la copa sobre un fondo blanco (una servilleta sirve). Mira el color y la intensidad. En blancos, fíjate si es amarillo pálido, dorado o con reflejos verdosos. En tintos, observa si va de rubí a granate y si el borde se ve más teja.

No conviertas la vista en una adivinanza. El color sugiere, no sentencia. Un blanco dorado puede ser más maduro, haber tenido crianza o simplemente estar más evolucionado. Un tinto muy opaco puede venir de uvas con piel gruesa o de una extracción más intensa.

Agita suavemente y mira las lágrimas. No son “calidad”. Dan una pista de alcohol y glicerol, pero la sensación real la confirmará la boca.

Paso 2: la nariz en dos tiempos (antes y después de agitar)

Primero huele sin agitar. Es como escuchar a alguien en voz baja. Luego agita y vuelve a oler. Ahora la copa “habla” más.

En principiantes ayuda pensar en familias: fruta, flor, hierbas, especias, madera, tostados, lácteos, mineral, balsámico. No necesitas decir “fruta de hueso de verano en su punto exacto”. Con “fruta amarilla” ya estás entrenando bien.

Hazte dos preguntas fáciles: ¿es limpio? (¿huele a fruta, flores, especias, o hay algo extraño tipo cartón mojado?) y ¿qué intensidad tiene? (baja, media, alta). Si algo huele a humedad o a corcho, no es tu culpa: puede ser defecto. También puede ser una copa mal enjuagada o un detergente agresivo. Por eso la limpieza importa.

Un truco para poner palabras sin bloquearte

Cuando no te sale nada, busca un recuerdo, no un descriptor “técnico”. ¿Te recuerda a un mercado? ¿A mermelada? ¿A una caja de puros? ¿A un ramo? En cata, la precisión llega después. Primero llega la sinceridad.

Paso 3: la boca con tres anclas: acidez, tanino y cuerpo

Toma un sorbo pequeño. Mantén el vino un par de segundos y deja que recorra la lengua. Puedes aspirar un poco de aire por la comisura para abrir aromas (sin hacer un espectáculo, si no te apetece).

La acidez se siente como jugosidad, salivación, frescura. Si el vino te hace salivar, suele tener buena acidez. En blancos, es la columna vertebral. En tintos, es la energía que hace que quieras otro sorbo.

El tanino solo aparece en tintos (y en algunos blancos con maceración). Se siente como sequedad o “agarre” en encías y lengua, similar al té negro. No es malo. Lo que buscas es si es áspero (raspa) o si es fino (agarra pero no molesta).

El cuerpo es la sensación de peso. Piensa en leche desnatada frente a leche entera. Un vino puede ser ligero, medio o con cuerpo. El alcohol, el azúcar (si lo hay), la extracción y la madurez influyen.

El final: la parte que más enseña

Traga o escupe (en casa normalmente se traga). Cuenta mentalmente cuánto dura el sabor agradable. Si se apaga rápido, el final es corto. Si permanece, es largo. Esto no es una competición. A veces quieres un vino directo y fresco, no necesariamente uno interminable.

Ejercicio guiado con frases que sí funcionan

Ahora, con cada vino, intenta completar esta frase con tus palabras: “En nariz me recuerda a…, en boca se siente…, y me lo tomaría con…”. Es un método simple que convierte sensaciones sueltas en una decisión real de consumo.

Con el blanco joven podrías decir: “Me recuerda a cítricos o manzana, se siente muy fresco por la acidez, y me lo tomaría con marisco, ensalada o una tarde de calor”.

Con el tinto joven: “Huele a fruta roja y quizá un toque herbal, en boca tiene tanino suave y es ágil, y me lo tomaría con pizza, tacos al pastor o una tabla de quesos semicurados”.

Con el tinto con crianza: “Aparecen notas de especia, vainilla o tostado, en boca pesa más y el final dura, y me lo tomaría con carne, estofados o una cena lenta”.

Si tus frases no suenan “expertas”, perfecto. Suenan útiles.

Lo que cambia el vino sin que nadie te lo avise

Aquí viene la parte que evita frustraciones. El vino no es una foto fija.

La temperatura manda: demasiado frío aplana aromas; demasiado caliente exagera el alcohol. Si un tinto te parece pesado, prueba a bajarlo un poco. Si un blanco te parece “mudo”, deja que suba unos grados.

El oxígeno también cambia el juego. Un tinto con crianza puede estar cerrado al principio y abrirse a los 10-15 minutos. Por eso repetir el ciclo nariz-boca un par de veces enseña más que una sola pasada.

Y tu paladar también cambia: después de comida picante, todo parece menos sutil. Después de café o chocolate, la acidez puede parecer más agresiva. No es fallo. Es contexto.

Cómo llevar esta experiencia a una visita (y sacarle partido)

Si haces este ejemplo en una bodega, el valor se multiplica porque el lugar te da referencias: suelo, clima, jardines, bodega, barricas. Para principiantes, lo más útil es pedir que te guíen por sensaciones, no por tecnicismos.

En una experiencia sensorial bien llevada, te van a ayudar a poner palabras y a relacionar lo que sientes con decisiones: qué vino te llevas, cuál guardas, cuál abres con amigos. Si estás planeando un viaje al Valle de Guadalupe y te apetece un formato que mezcle paisaje y aprendizaje sin presión, puedes encontrar propuestas de catas y experiencias en Rondo Del Valle.

Un mini entrenamiento de 7 días (sin obsesión)

Si este ejercicio te gustó, repítelo una vez por semana durante un mes, pero con una variación pequeña cada vez. Un día cambia solo la copa. Otro, prueba el mismo vino a dos temperaturas. Otro, compara dos añadas. Otro, prueba el mismo tinto antes y después de 20 minutos de aireación.

En una semana ya notas algo: empiezas a distinguir frescura de dulzor, y tanino de amargor. A las pocas repeticiones, también aparece lo más bonito: tu memoria olfativa se vuelve más rápida y confiada.

La etiqueta emocional: el vino que te acompaña

Hay una última capa que casi nadie enseña al principio, y sin embargo es la que hace que el vino se comparta: cómo te hace sentir. Un blanco muy tenso puede invitar a conversar. Un tinto redondo puede pedir silencio, mesa y tiempo. No es místico; es la suma de acidez, textura, alcohol, aromas y momento.

La próxima vez que hagas tu experiencia sensorial, no busques quedar bien. Busca una frase honesta que te sirva para elegir: “este vino me despierta” o “este vino me abraza”. Cuando empiezas a comprar así, el vino deja de ser un examen y se convierte en un ritual sencillo que siempre cabe en la vida real.

Cierra la botella que sobre, guarda la copa, y quédate con una idea práctica: tu paladar aprende más por repetición tranquila que por teoría -y cada sorbo atento es una forma de volver a tu propio criterio.

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